Familia Padres

Establecer Un Equilibrio Entre Amor y Disciplina

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Written by Todo Consejo

Desde hace décadas se sabe que si los bebés no son amados, tocados y acariciados, frecuentemente morirán de una extraña enfermedad que en un inicio se llamó marasmo. Sencillamente, se marchitan y mueren antes de su primer cumpleaños. La evidencia de esa necesidad emocional se observó ya en el siglo XIII, cuando Federico II realizó un experimento con cincuenta bebés. Quería ver qué idioma hablarían si no tenían jamás la oportunidad de escuchar una palabra. Para llevar a cabo este dudoso proyecto de investigación, asignó nodrizas para que bañaran a los niños y los amamantaran, pero les prohibió acariciarlos, mimarlos y hablarles. El experimento fracasó dramáticamente porque los cincuenta bebés murieron. Cientos de estudios más recientes indican que la relación entre madre e hijo durante el primer año de vida, es aparentemente imprescindible para que el niño sobreviva. Realmente un niño no amado es el fenómeno más triste de toda la naturaleza.

Mientras que la ausencia de amor tiene sobre los niños un efecto predecible, algo que no está bien fundado es que el exceso de amor o el «super-amor» también impone sus riesgos. Creo que algunos niños resultan malcriados a causa del amor, o de algo que pasa por amor. Algunas personas de nuestra sociedad se concentran tremendamente en los niños en esta etapa de su historia; han cifrado en sus pequeños todas sus esperanzas, sueños, deseos y aspiraciones. La culminación natural de esta filosofía es la protección excesiva de esta nueva generación.

Conocí a cierta madre ansiosa que afirmaba que sus hijas eran la única fuente de satisfacción en su vida. Durante largos veranos, pasaba la mayor parte de su tiempo sentada junto a la ventana del cuarto delantero de su casa, contemplando a sus tres niñas mientras jugaban. Temía que pudieran herirse o precisaran su ayuda, o que salieran a la calle con sus bicicletas. Sus otras responsabilidades con la familia quedaron sacrificadas, a pesar de las vigorosas quejas de su esposo. Ella no tenía tiempo para cocinar ni para limpiar la casa; el oficio de vigilia junto a la ventana era su única función. Sufría una tensión enorme a causa de los peligros conocidos y desconocidos que pudieran acechar a sus amadas hijas.

Las enfermedades de la infancia y los peligros repentinos siempre son difíciles de tolerar para un padre o madre que ama a sus hijos, pero la más leve amenaza produce una ansiedad insoportable cuando la mamá o el papá es excesivamente protector. Lamentablemente, ese padre o madre no es la única persona que sufre, con frecuencia el niño es también una víctima. No se le permite correr riesgos razonables, riesgos que son preludio necesario al crecimiento y al desarrollo. Del mismo modo, los problemas del materialismo suelen llegar a un extremo en una familia en la cual a los niños no se les puede negar nada. La inmadurez emocional prolongada es otra consecuencia frecuente de la protección excesiva. Una vez más, el «punto medio» del amor y el control es lo que debemos buscar si queremos producir niños sanos y responsables.

Para que no exista un malentendido, voy a recalcar mi mensaje explicando el aspecto opuesto. No estoy recomendando que en su hogar reine la violencia nila opresión. Noestoy sugiriendo que le dé a sus hijos unas nalgadas todas las mañanas junto con el desayuno, ni que obligue a los varones a permanecer sentados en la sala con las manos juntas y las piernas cruzadas. No estoy proponiendo que trate de hacer adultos de sus hijos para que impresionen a sus amigos adultos con sus habilidades de padre, ni que castigue a sus hijos sin ton ni son, dando golpes y gritando cuando ellos ni sabían que habían hecho algo indebido. No estoy sugiriendo que se vuelva frío e inaccesible como un modo de garantizar su dignidad y autoridad. Estas tácticas de parte de los padres no producen niños sanos ni responsables. Por el contrario, lo que estoy recomendando es un principio sencillo: cuando usted recibe un reto desafiante, su triunfo debe ser definitivo. Cuando el niño pregunte: «¿Quién manda aquí?», hágaselo saber. Cuando él susurre: «¿A mí quién me quiere?», tómelo en sus brazos y rodéelo con cariño. Trátelo con respeto y dignidad, y espere lo mismo de él. Y entonces, comience a disfrutar de los dulces beneficios de una labor paternal competente.

Fuente:

Tomando de Cinco claves para la armonía familiar  por el Dr. James C. Dobson


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