Familia Padres

No Saturares A Tus Hijos Con Cosas Materiales

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Written by Todo Consejo

A pesar de las privaciones de la época dela Gran Depresión, en la década de los años treinta, había por lo menos una pregunta que era más fácil de responder entonces de lo que hoy es: «¿Cómo puedo negarme a los deseos materialistas de mi hijo?» En aquel tiempo, era muy fácil para los padres decirles a sus hijos que no podían darse el lujo de comprarles todo lo que ellos quisieran; el papá con esfuerzos podía asegurar que hubiera pan en la mesa. Pero en épocas de más opulencia, la tarea de los padres se vuelve menos creíble. Se necesita mucha más valentía para decir: «No; no te voy a comprar la muñequita de ojos lindos y el bebé sopla-narices», que lo que se necesitaba para decir: «Lo siento mucho, pero tú sabes que el dinero no nos alcanza para comprar esas muñecas».

Las exigencias de los niños por recibir juguetes caros son generadas con todo esmero por medio de millones de dólares que los fabricantes invierten en la publicidad por televisión. Los anuncios son hechos con tal habilidad que los juguetes parecen ejemplares de tamaño natural de aquello que representan: aviones a reacción, monstruos-robot, rifles automáticos. El pequeño consumidor contempla boquiabierto, en el colmo dela fascinación. Cinco minutos después da inicio a una campaña que llegará a costarle a su papá más de cien dólares, con baterías e impuestos.

El problema está en que con frecuencia su papá sí puede costear el nuevo artículo, si no con dinero en efectivo, al menos con su mágica tarjeta de crédito. Y cuando en la misma cuadra hay otros tres niños que ya tienen el codiciable juguete, los papás empiezan a sentir la presión, y hasta sentimientos de culpabilidad. Se sienten egoístas porque ellos mismos se han dado lujos parecidos. Supongamos que los padres son suficientemente valientes como para resistir la insistencia del niño; pero eso no es un obstáculo insalvable: los abuelos son sumamente fáciles de convencer.

Aún si el niño no tiene éxito en conseguir que sus padres o abuelos compren lo que desea, existe un recurso anual infalible: ¡Papá Noel! Cuando el jovencito pide a Papá Noel que le traiga cierto juguete, sus padres caen en la trampa sin salida. ¿Qué pueden decir, «Papá Noel no tiene recursos»? ¿Será que el alegre hombrecito vestido de rojo se olvidará y lo decepcionará? No; el juguete llegará en el trineo de Papá Noel.

Hay otra razón por la cual al niño hay que negarle algunas de las cosas que cree que quiere. Aunque suene paradójico cuando uno le da demasiado, en realidad le roba el deleite. Un ejemplo clásico de este principio de la saturación se pone de manifiesto cada año en mi familia, en ocasión del Día de Gracias. Nuestra familia ha sido bendecida con la presencia de varias de las mejores cocineras que hayan dirigido una cocina, y varias veces al año se lucen con su especialidad. La tradicional comida de Acción de Gracias consta de pavo, aderezo, arándanos, puré de papas, camotes, guisantes, panecillos calientes, dos tipos de ensalada, y seis u ocho platos más.

Antes de sufrir un ataque cardíaco en 1990, participé con mi familia en el lamentable pero maravilloso rito gastronómico durante esos días de fiesta. Todos comimos hasta sentirnos incómodos, sin dejar espacio para el postre. Luego fueron traídos a la mesa el pastel de manzana, el bizcocho, y el postre fresco de frutas. Simplemente parecía imposible que pudiéramos comernos un solo bocado más, pero no sé cómo nos las arreglamos y lo hicimos. Por fin, diversos parientes, hartos, comenzaron a alejarse de sus platos, tambaleándose, buscando dónde caer.

Después, como a las tres de la tarde, la presión interna comenzó a amainar y alguien repartió los dulces. Cuando llegó la hora de la cena nadie tenía hambre, y eso que estábamos acostumbrados a comer tres comidas al día. Se prepararon y consumieron emparedados de pavo, seguidos de otra porción de pastel. Para entonces, todos tenían la mirada vacía y sin pensar casi, comían lo que no querían ni disfrutaban. Esa ridícula ceremonia continuó durante dos o tres días, hasta que la sola noción de comida comenzó a darnos asco. Mientras que normalmente el comer ofrece uno de los mayores placeres de la vida, pierde toda su emoción cuando el apetito de comida está saciado.

Hay aquí un principio más amplio para tener en cuenta. El placer se da cuando se satisface una necesidad intensa. Si no existe necesidad, no hay placer. Un simple vaso de agua es más valioso que el oro cuando se está muriendo de sed. Debe ser evidente la analogía con la situación de los niños. Si usted nunca le permite a un niño sentir necesidad de algo, él nunca disfrutará del placer de recibirlo. Si usted le compra un triciclo antes de que aprenda a caminar, una bicicleta antes de que aprenda a sostenerse, un auto antes de que aprenda a conducir, un anillo de diamantes antes de que aprecie el valor del dinero, él aceptará esos regalos con poco placer y aún menos agradecimiento. Qué lástima que un niño así nunca haya tenido oportunidad de anhelar algo, de soñar por las noches y hacer fantasías durante el día. Quizás hasta habría podido desesperarse lo suficiente como para trabajar por conseguirlo. La misma posesión que fue acompañada con un bostezo, pudo haber sido un trofeo y un tesoro. Sugiero que le muestre al niño la emoción de una privación temporal; eso divierte más y es mucho menos caro.

Fuente:

Tomando de Cinco claves para la armonía familiar  por el Dr. James C. Dobson


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